lunes, 9 de julio de 2012

Querida Soledad.


Exhausta de tanto sufrimiento dejas todo de lado. ¿Qué caso tiene seguir sufriendo por algo que era inevitable? ¿Para qué te agotas cuando puedes cambiar y ser algo diferente?

Tirada sobre el frio suelo piensas en el tiempo perdido, todas esas horas desperdiciadas, perdiendo lentamente lo poco que te quedaba, tu familia, tus amigos, todas esas cosas que, aunque nunca te brindaron felicidad, te hicieron compañía en la soledad.

Recuerdas esas noches en las que te desvelabas llorando y gritando por algo que nunca tuviste. Pero ¿para qué? Ahora no tienes nada, absolutamente nada. Te das cuenta que la soledad se ha vuelto tu eterna compañía. La única.

Piensas en todos esos momentos que te hicieron sufrir, sientes que algo en ti comienza a aparecer, te quedas inmóvil preparándote para esa agonía que amenaza con damnificarte completamente, pero mientras esperas a que aparezca ese dolor tan insoportable te das cuenta que hay algo distinto, se siente diferente.

Ya no es esa tristeza que te lacera y te zangolotea como a una muñeca de trapo. No, es algo disímil a lo esperado. Sientes como florece ese nuevo sentimiento en ti, un sentimiento que nunca creíste poder llegar a tener.

Como llamas sietes que se expande dentro de ti, quemando todo a su paso, borrando sin importar si era necesario o no. Con placer te das cuenta que ya no hay dolor, ya no sientes más ese vacío oscuro y frio.

La furia se incrementa al alimentarse de todo lo podrido de tu alma, haciéndose más fuerte, invencible. Miras el mundo de forma diferente. Ves el pasado que tanto te lastimo. El nuevo sentimiento te reclama, haciéndote suya. Y tú lo permites.

Te sientes ridícula al pensar en la forma tan inútil con la que actuaste, y te das cuenta que, la única persona que se equivoco, fuiste tú al permitir que las cosas te afectaran demasiado, a tal grado que terminaste siendo tú la víctima.

Y no podías haber estado más equivocada. El amor te condena. Te dices a ti misma reprendiéndote fríamente. Pero ya no más. Dejas todo de lado y te aventuras al nuevo mundo que tus ojos nunca quisieron ver, el mundo real, el que está lleno de los seres más aborrecibles, capaces de lastimar sin compasión, sin tener el mas mínimo remordimiento.
Matar o ser matado. Piensas metafóricamente con una sonrisa, más terrorífica que cualquier otra cosa, teniendo en cuenta que permitiste en todo ese tiempo que todos te mataran lentamente. Si antes eras débil, ahora eras, quizás, el ser más fuerte jamás imaginado. Sin remordimientos, sin culpa, no más sentir pena por alguien que no lo merece.

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